domingo, 11 de marzo de 2012

El día en que todo acabó.



Apartada, encogida, sollozando entre muebles apolillados a los que el polvo se había adherido con el paso del tiempo. Alguien irrumpió en la enorme sala abriendo la cortina violentamente, perturbando la tranquila oscuridad en la que me sentía tan cómoda, me marché dando un portazo. Contemplé por última vez el piano del majestuoso vestíbulo;  las escaleras de mármol semejaban pitones albinas que reptaban hacia el piso de arriba, adornadas con dos enormes alfombras rojas;  decidí acercarme al piano, mi mano acarició las teclas y no pude resistirme a tocar la pieza favorita de mi madre, las notas parecían flotar por todo el vestíbulo, de repente me pareció verla bailar alrededor del piano como hacía siempre. Subí las escaleras acariciando el frío pasamanos de mármol por el que solíamos deslizarnos mis hermanos y yo cuando éramos niños. Mientras me despedía de los retratos de todos mis antepasados comencé a tararear “Lilium”, una canción en latín que mi madre solía cantarme mientras enredaba sus delicadas manos en mi pelo.
Las pertenencias de mi madre pasaron a los baúles y fueron subidas al desván, las habitaciones quedaron completamente vacías, exceptuando una:  la alcoba matrimonial. La puerta estaba abierta y ella allí tumbada,  sin vida, completamente pálida, ya no volvería a ver sus sonrosadas mejillas. Sus delicadas manos se habían vuelto ásperas. Me abracé a ese cuerpo completamente inerte pero ya era tarde, no despertaría nunca más.

Cogí el viejo “Rolls-Royce” familiar y abandoné Galway, nunca volvería a ver las casitas de vivos colores.
Miles de preguntas relacionadas con la muerte de mi madre rondaban mi mente:  ¿Por qué una persona tan fuerte como mi madre había llegado a esta situación? Ella había criado a 5 hijos, ahora ese hombre al que pretendía que yo llamase “padre” era su amo y señor ¿por qué lo permitía?¿por qué no veía las intenciones de ese hombre? Estaba tan ciega… Día a día yo la veía cada vez más demacrada:  los moratones se multiplicaban y su lumbalgia empeoraba, los gritos nocturnos me ensordecían. Yo sabía que él quería que mi madre le diese un hijo, pero siempre se negó, por eso supuse que fue él quien la envenenó.
De repente el “Rolls- Royce” explotó y yo seguí el mismo camino que mi madre, ese hombre  era la ambición en carne y hueso, la sangre corría por el borde de la carretera.

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