Apartada, encogida, sollozando entre muebles apolillados a los que
el polvo se había adherido con el paso del tiempo. Alguien irrumpió en la
enorme sala abriendo la cortina violentamente, perturbando la tranquila
oscuridad en la que me sentía tan cómoda, me marché dando un portazo. Contemplé
por última vez el piano del majestuoso vestíbulo; las escaleras de mármol
semejaban pitones albinas que reptaban hacia el piso de arriba, adornadas con
dos enormes alfombras rojas; decidí acercarme al piano, mi mano acarició
las teclas y no pude resistirme a tocar la pieza favorita de mi madre, las
notas parecían flotar por todo el vestíbulo, de repente me pareció verla bailar
alrededor del piano como hacía siempre. Subí las escaleras acariciando el frío
pasamanos de mármol por el que solíamos deslizarnos mis hermanos y yo cuando
éramos niños. Mientras me despedía de los retratos de todos mis antepasados
comencé a tararear “Lilium”, una canción en latín que mi madre solía cantarme
mientras enredaba sus delicadas manos en mi pelo.
Las pertenencias de mi madre pasaron a los baúles y fueron subidas
al desván, las habitaciones quedaron completamente vacías, exceptuando
una: la alcoba matrimonial. La puerta estaba abierta y ella allí
tumbada, sin vida, completamente pálida, ya no volvería a ver sus
sonrosadas mejillas. Sus delicadas manos se habían vuelto ásperas. Me abracé a
ese cuerpo completamente inerte pero ya era tarde, no despertaría nunca más.
Cogí el viejo “Rolls-Royce” familiar y abandoné Galway, nunca
volvería a ver las casitas de vivos colores.
Miles de preguntas relacionadas con la muerte de mi madre rondaban
mi mente: ¿Por qué una persona tan fuerte como mi madre había llegado a
esta situación? Ella había criado a 5 hijos, ahora ese hombre al que pretendía
que yo llamase “padre” era su amo y señor ¿por qué lo permitía?¿por qué no veía
las intenciones de ese hombre? Estaba tan ciega… Día a día yo la veía cada vez
más demacrada: los moratones se multiplicaban y su lumbalgia
empeoraba, los gritos nocturnos me ensordecían. Yo sabía que él quería que mi
madre le diese un hijo, pero siempre se negó, por eso supuse que fue él quien
la envenenó.
De repente el “Rolls- Royce” explotó y yo seguí el mismo camino
que mi madre, ese hombre era la ambición en carne y hueso, la sangre
corría por el borde de la carretera.
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