domingo, 11 de marzo de 2012

Sonrisa nívea, ojos zafiro.

Llovía, eran más de las ocho. Decidí salir a la plaza a dar una vuelta. El hedor de las calles me envolvía;  podredumbre y más podredumbre era lo único que encontraba a mi paso.
Miles de ojos se clavaban en mí, dictando mi sentencia antes de permitirme juicio alguno. Mi vestido blanco estaba empapado y el corsé me ahogaba. Caí de bruces  al pisar la cola hecha jirones de lo que había sido mi vestido de novia, intenté levantarme pero el peso de la vergüenza y de las miradas aún expectantes me lo impedía. Alguien se acercó y me tendió amablemente la mano; un hombre robusto de pelo largo color azabache y ojos como zafiros que relucían en la penumbra londinense; esbozó una sonrisa nívea y perfecta.
         -¿Necesitas ayuda?- su voz era suave y reconfortante. Sacó un pañuelo y limpió de mi cara el cieno que bañaba las calles.
La multitud dirigió la mirada hacia otro sitio. Aquel hombre semejaba un ángel, cogí su mano para ponerme en pie de nuevo.
         -¿Qué hace una joven como usted sola, vestida de novia, vagando sola por estas frías calles?-mis ojos se llenaron de lágrimas que no tardaron en despedir.
         -Mi marido ha muerto y estoy completamente sola- conseguí articular. El joven me acompañó hasta mi mansión-. ¿Tenéis dónde alojaros?, podéis quedaros todo el tiempo que deseéis-lo invité a entrar. Él contemplaba el enorme retrato de mi marido-. Ni siquiera lo quería, ni él a mí. Todos creen que soy una bruja y que lo he matado- sus ojos color zafiro eran aún más bellos a la luz de las velas. Se acercó hipnotizándome con su gélida mirada; sus labios se fundieron con los míos por un momento, acto seguido abandonó mi boca y comenzó a acariciar mi cuello con ellos. Me miró una vez más, sus ojos se tornaron carmesí, sus colmillos comenzaron a crecer y se clavaron en mi cuello. Sentía como la sangre salía a borbotones de mi garganta y como mi corazón se ralentizaba. Todavía con un atisbo de vida me dejó tendida en el suelo.
         -¡Mátame!, prefiero la muerte a seguir sintiéndome una paria.
         -Podrías ser algo mejor, aún tienes una alternativa- rasgó su muñeca con los colmillos y la acercó a mí- bebe y vive- acaté su orden. Trago tras trago dejaba de sentirme humana. Entonces morí. No tardé mucho en despertar. Mis ojos marrones se habían vuelto esmeralda y mis cabellos áureos ahora eran azabache, mi encarnada piel se había vuelto nívea como la sonrisa de mi creador, mis labios antes sin vida se habían vuelto escarlata y mi alma se había ido a donde yo no pudiese encontrarla. Tenía hambre, pero la comida no me saciaba; tenía sed, pero el vino no tenía sabor.

El día en que todo acabó.



Apartada, encogida, sollozando entre muebles apolillados a los que el polvo se había adherido con el paso del tiempo. Alguien irrumpió en la enorme sala abriendo la cortina violentamente, perturbando la tranquila oscuridad en la que me sentía tan cómoda, me marché dando un portazo. Contemplé por última vez el piano del majestuoso vestíbulo;  las escaleras de mármol semejaban pitones albinas que reptaban hacia el piso de arriba, adornadas con dos enormes alfombras rojas;  decidí acercarme al piano, mi mano acarició las teclas y no pude resistirme a tocar la pieza favorita de mi madre, las notas parecían flotar por todo el vestíbulo, de repente me pareció verla bailar alrededor del piano como hacía siempre. Subí las escaleras acariciando el frío pasamanos de mármol por el que solíamos deslizarnos mis hermanos y yo cuando éramos niños. Mientras me despedía de los retratos de todos mis antepasados comencé a tararear “Lilium”, una canción en latín que mi madre solía cantarme mientras enredaba sus delicadas manos en mi pelo.
Las pertenencias de mi madre pasaron a los baúles y fueron subidas al desván, las habitaciones quedaron completamente vacías, exceptuando una:  la alcoba matrimonial. La puerta estaba abierta y ella allí tumbada,  sin vida, completamente pálida, ya no volvería a ver sus sonrosadas mejillas. Sus delicadas manos se habían vuelto ásperas. Me abracé a ese cuerpo completamente inerte pero ya era tarde, no despertaría nunca más.

Cogí el viejo “Rolls-Royce” familiar y abandoné Galway, nunca volvería a ver las casitas de vivos colores.
Miles de preguntas relacionadas con la muerte de mi madre rondaban mi mente:  ¿Por qué una persona tan fuerte como mi madre había llegado a esta situación? Ella había criado a 5 hijos, ahora ese hombre al que pretendía que yo llamase “padre” era su amo y señor ¿por qué lo permitía?¿por qué no veía las intenciones de ese hombre? Estaba tan ciega… Día a día yo la veía cada vez más demacrada:  los moratones se multiplicaban y su lumbalgia empeoraba, los gritos nocturnos me ensordecían. Yo sabía que él quería que mi madre le diese un hijo, pero siempre se negó, por eso supuse que fue él quien la envenenó.
De repente el “Rolls- Royce” explotó y yo seguí el mismo camino que mi madre, ese hombre  era la ambición en carne y hueso, la sangre corría por el borde de la carretera.