Llovía, eran más de las ocho. Decidí salir a la plaza a dar una
vuelta. El hedor de las calles me envolvía; podredumbre y más podredumbre
era lo único que encontraba a mi paso.
Miles de ojos se clavaban en mí, dictando mi sentencia antes de
permitirme juicio alguno. Mi vestido blanco estaba empapado y el corsé me
ahogaba. Caí de bruces al pisar la cola hecha jirones de lo que había sido mi vestido
de novia, intenté levantarme pero el peso de la vergüenza y de las miradas aún
expectantes me lo impedía. Alguien se acercó y me tendió amablemente la mano;
un hombre robusto de pelo largo color azabache y ojos como zafiros que relucían
en la penumbra londinense; esbozó una sonrisa nívea y perfecta.
-¿Necesitas
ayuda?- su voz era suave y reconfortante. Sacó un pañuelo y limpió de mi cara
el cieno que bañaba las calles.
La multitud dirigió la mirada hacia otro sitio. Aquel hombre
semejaba un ángel, cogí su mano para ponerme en pie de nuevo.
-¿Qué hace una
joven como usted sola, vestida de novia, vagando sola por estas frías
calles?-mis ojos se llenaron de lágrimas que no tardaron en despedir.
-Mi marido ha
muerto y estoy completamente sola- conseguí articular. El joven me acompañó
hasta mi mansión-. ¿Tenéis dónde alojaros?, podéis quedaros todo el tiempo que
deseéis-lo invité a entrar. Él contemplaba el enorme retrato de mi marido-. Ni
siquiera lo quería, ni él a mí. Todos creen que soy una bruja y que lo he
matado- sus ojos color zafiro eran aún más bellos a la luz de las velas. Se
acercó hipnotizándome con su gélida mirada; sus labios se fundieron con los
míos por un momento, acto seguido abandonó mi boca y comenzó a acariciar mi
cuello con ellos. Me miró una vez más, sus ojos se tornaron carmesí, sus
colmillos comenzaron a crecer y se clavaron en mi cuello. Sentía como la sangre
salía a borbotones de mi garganta y como mi corazón se ralentizaba. Todavía con
un atisbo de vida me dejó tendida en el suelo.
-¡Mátame!, prefiero
la muerte a seguir sintiéndome una paria.
-Podrías ser algo
mejor, aún tienes una alternativa- rasgó su muñeca con los colmillos y la
acercó a mí- bebe y vive- acaté su orden. Trago tras trago dejaba de sentirme
humana. Entonces morí. No tardé mucho en despertar. Mis ojos marrones se habían
vuelto esmeralda y mis cabellos áureos ahora eran azabache, mi encarnada piel
se había vuelto nívea como la sonrisa de mi creador, mis labios antes sin vida
se habían vuelto escarlata y mi alma se había ido a donde yo no pudiese
encontrarla. Tenía hambre, pero la comida no me saciaba; tenía sed, pero el
vino no tenía sabor.