miércoles, 29 de agosto de 2012

PÓLVORA Y MAR


Caminé hasta la borda y cogí una bocanada de aire, apestaba. El hedor envolvía la embarcación de proa a popa y también a sus tripulantes. Las chimeneas vomitaban la sombría humareda; me recordaban a mi padre en el salón de casa, envuelto de una nube grisácea mientras bebía ginebra, sentado en su deslucido sillón de madera completamente apolillado; un grito del patrón me devolvió al presente dejando atrás esas añoranzas , nunca regresaría a mi hogar y menos para oír las reprimendas de mi padre por haber abandonado la fortuna familiar, la fábrica, mi carrera y mis obligaciones por un puesto en la marina mercante. Mis padres nunca lo comprendieron, nunca entendieron mis ansias por conocer mundo. Aborrecía Londres y el esnobismo de la clase adinerada, siempre conversando de trivialidades que poco o nada me interesaban, como mi prometida Jane: una niña estúpida, pretenciosa, malcriada y completamente vacía. Rara vez expresaba su opinión sobre algo interesante, se limitaba a cotorrear; era realmente insufrible.
Cuando el barco llegó a puerto todos los tripulantes corrieron a los burdeles y tabernas más cercanos. Excepto yo. Estaba ya cansado de las prostitutas, del vino, de todo. Encendí un cigarrillo mientras observaba el puerto apoyado en una balaustrada de piedra.
Volví la vista atrás, vi a una mujer alta; unos pantalones ceñían sus largas piernas, una camisa de un blanco crudo, sometida por el pantalón y desabrochada hasta el comienzo del pecho. Vestía también una zamarra del mismo material que los pantalones, imaginé que era cuero, aunque no pude asegurarlo con certeza y unas botas al estilo de los mosqueteros. El viento ondeaba su larga melena rojiza, mientras sus hipnóticos ojos verdes no apartaban la vista de mí y sus labios carmesí mostraban un gesto serio, su pálida tez contrastaba con el color de su pelo; en sus orejas colgaban varios aros y en su cuello parecía adivinarse algo parecido a un tatuaje. Me acerqué a ella.
- Una dama tan bella como vos no debería pasear sola cerca de las tascas de marineros indeseables.- Encendí un cigarrillo.
- No le tengo miedo a esos hombres, manejo la espada como nadie, sé disparar y luchar con agilidad y fuerza digna de cualquier hombre, soy capitana de mi propio barco. ¿Tenéis un cigarrillo?- le tendí uno amablemente. Sacó cerillas de un bolsillo interior de la zamarra y lo encendió- ¿Tabaco inglés?- asentí- vos no sois un simple marinero ¿verdad? ¿qué sois?-  se apoyó en la balaustrada- sus compañeros se encuentran en el burdel, junto con mis subordinados ¿a usted no le interesan las mujeres, señor...?
-Smith- le di una calada al cigarrillo- Mi nombre es Eric Smith. Pues no, no me interesan ese tipo de mujeres.
-De modo que sí le interesan otro tipo de mujeres- se burló-  ¿Sois inglés? 
-Lo soy, pero preferiría no hablar de mi pasado, si no os importa.
-Perdonad la indiscrección- se quedó pensativa un instante- es inmenso, increíblemente inmenso- giré la cabeza hacia ella, que miraba al frente- el mar, es realmente un misterio. Como vos.
-¿Y quién sois vos?
-Lilith Carter-sonrió levemente- es un placer. Si me disculpáis, necesito una copa.
-Os acompaño, aunque creía haber renegado del alcohol.
-¿Creíais? Una copa no va a mataros, Smith.
Entramos en la posada, había un enorme estruendo. Las prostitutas exhibían sus escotes a los camareros, o los conducían a sus aposentos. 
-¡Una botella de ron y dos vasos!- gritó la dama de cabellera rubí.
El alcohol parecía desinhibirnos, hablábamos de nuestro pasado, el porvenir... Parecía como si nos conociésemos de toda la vida.
-Me extraña que no estéis comprometido, Eric- dió otro trago a su vaso- sois un hombre muy guapo.
-Lo estuve.No deberíais hacerle halagos a un hombre, podría tomárselo como una proposición.
-¿Y bien? Como si eso fuese realmente un problema.
-Como ya os he contado, escapé de la opulencia londinense, de la que ella forma parte. Sois demasiado osada para ser una mujer.
-Le habéis roto el corazón a una dama, Smith, quizá merezcáis un castigo. ¿Qué problema tenéis con las mujeres?
-Yo no diría el corazón, solo sus plantes- dije antes de acabarme el ron que quedaba en mi vaso-  No tengo ningún problema con las mujeres, pero vuestro comportamiento me fascina, señorita Carter.
-¿Solo mi comportamiento?- soltó una risotada y bebió otro trago de ron.
-Bueno, usted me fascina. Su comportamiento me escandaliza, pero podría acostumbrarme.
-¿Acostumbrarse? hace un rato usted me reprendía por mis insinuaciones, señor Smith.
-¿Le desagradan mis insinuaciones, Lilith?
-¿Y a usted las mías?- puso los codos sobre la mesa, entrelazó sus manos y colocó su barbilla sobre estas.
-Si me desagradasen no seguiría hablando con usted ¿no cree?
-Me gustan sus ojos, Eric, grises. Bueno, me gusta usted en si mismo. 
-¿Le dice esto a todos los hombres que considera atractivos?
-Es usted el primer hombre atractivo que veo en mucho tiempo, Eric. Creo que el único mínimamente interesante- suspiró.
-Y usted la primera mujer atrevidamente indecente y atractiva que no es prostituta.
-¿Le gustaría formar parte de mi tripulación? Si su interés es ver mundo, no verá mucho más si sigue en la marina mercante.
-¿Me quiere en su tripulación o en su alcoba, capitana Carter?
-Creo que le está afectando el alcohol, Smith. Si le quisera entre mis piernas ya estaríamos fornicando en una de las alcobas  ¿no cree? Y yo no tengo alcoba, no soy una dama, tengo camarote.
-Acepto su proposición, señorita Carter.
-Zarparemos mañana, señor Smith, será mejor que recoja sus pertenencias-cogí mi macuto y lo cargué al hombro- y, Señor Smith...
-¿Si?-pregunté arqueando una ceja.
-Lo quiero en mi camarote- apoyó una mano en mi hombro y se acercó a mi oído- ahora- susurró.
Me guió hasta su navío, un galeón impresionante, sin duda. Nos quedamos en la cubierta. Se sentó en una de las bancadas que se disponían, mientras contemplaba el cielo.
-Es hermoso, el cielo nocturno- sonrió.
-Usted es preciosa, Lilith- se ruborizó ligeramente.
-No oséis adular a vuestra capitana, Smith, podría mandaros al calabozo.
-Sería la primera vez que estoy en uno... por hacerle un cumplido a una dama- contesté burlón- o a lo que quiera que se considere usted, Capitana Carter.
-Así que ha estado en un calabozo, Smith. ¿Qué hace el hijo de un rico burgués para meterse en líos?- suspiré y sonreí.
-Peleas de bar. Era un crío.
Se puso de pie nuevamente, acercándose a mi. Hundí mi mano en su pelo y acerqué sus labios a los míos y la besé. Su lengua se rozaba con la mía, una y otra vez, enredándose, bailando, peleándose. 


Me guió hacia su camarote, lanzó la zamarra al suelo con violencia, comenzó a desabrocharse la camisa blanca que escondía debajo un precioso corsé, se quitó el cinturón, luego las botas y dejó que los pantalones resbalasen por sus interminables y pálidas piernas. Se acercó a mi y me tumbó en la cama mientras desabrochaba mi ropa lentamente, me lamía, arrastraba sus labios por cada centímetro de mi piel. Ella aún tenía la ropa interior puesta que no tardó mucho en ser marginada en un rincón del amplio camarote. Mis labios siguieron todas y cada una de sus perfectas curvas, besándolas, acompañados de mis manos. Descendí desde sus caderas a su ingle y de ahí a su sexo, con sus hábiles manos comenzó a  desatar mis vestiduras. Nuestros cuerpos se juntaron, ella gemía y clavaba sus uñas en mi espalda. Se puso sobre mi y comenzó a besarme, sentía sus senos contra mi pecho, podía escuchar el latido de su corazón. Mis manos se enredaban en su pelo, de repente comenzó a rozar mi cuello con sus labios y a darme pequeños mordiscos intercalándolos armónicamente con besos. Me abracé a ella e hice que rodásemos, quedando yo encima, puso sus manos sobre mi pecho y las deslizó hacia mis hombros, me acercó a ella. Su nariz acarició mi cuello, hasta llegar a mi oreja. Me susurró “tú, yo y el diablo haremos tres”. Yo daba pequeñas y  pausadas embestidas, ella jadeaba y arqueaba sus piernas, sentía su sexo palpitar contra el mío, lo notaba cada vez más húmedo. Ella ahogaba gritos de placer que convertía en jadeos y suspiros.
-¡Eric! ¡ah, ah, ah!-  gemía. Mis embestidas comenzaron a ser más fuertes y rápidas, pero de vez en cuando disminuía ligeramente el ritmo. Notaba como se retorcía, sus uñas se clavaban en mi espalda, su espalda se arqueaba por momentos. Yo la besaba apasionada y bruscamente, nuestras lenguas danzaban al compás de mis rápidas arremetidas. Ella no podía más, soltó un grito enorme de placer, pero no parecía suficiente, seguía apretándome contra su cuerpo. Seguí hasta que no pude más, desplomándome sobre su cuerpo desnudo. Conseguí apartarme hacia uno de los lados de la cama, quedándome profundamente dormido.

 Cuando me desperté la vi a mi lado completamente desnuda, su carmín estaba por todo mi cuerpo y mi espalda estaba llena de marcas.

 Al salir a cubierta un motín nos esperaba. Los tripulantes estaban a punto de hacerse con el barco. Ella los enfrentó furiosa, desenvainó su sable contra el que parecía ser el líder de los traidores, este vociferó algo como "tienes que respetar el código. Aunque sólo eres una mujer ¿qué podemos esperar de una mujer?" ella le asestó un duro golpe al insolente marinero haciendo que cayese a plomo mientras la espada apuntaba directamente a la yugular del conspirador.
-¡Este es mi barco! ¡Nigún patán como tú estará al mando de mi navío mientras yo viva!-amenazó haciendo un ligero corte con la punta de la espada.
-Pues no vivirás para gobernarlo-rió él-Luchemos por la posesión del bajel- Ella le proporcionó un arma para poder batirse en duelo justamente. Yo me puse en guardia, para evitar que alguno la atacase por la espalda o tratase de desequilibrar la lucha, pero no sirvió de nada, el resto de los amotinados se lanzaron contra la capitana y contra mi.
Luchamos en desigualdad durante largo tiempo, mientras pudimos resistir, pero eran de muchos y nosotros solo dos. No tardaron mucho tiempo en reducirnos aunque conseguimos escabullirnos y seguir luchando. El cansancio iba haciendo mella en nuestro ánimo y nuestra resistencia decaía rápidamente. Nuestra sangre manaba de diversas heridas y la pérdida de sangre nos debilitaba cada vez más hasta desplomarnos sobre la cubierta. Nos hicieron prisioneros y nos llevaron a los calabozos. Nos encerraron y se fueron a cubierta a celebrar su victoria, despreocupándose de los prisioneros. Ella guardaba un cuchillo en su bota que sirvió para desmontar los pasadores de las bisagras. Estábamos débiles y no podíamos enfrentarnos a ellos de nuevo, nos había costado un enorme esfuerzo apartar la puerta. Tampoco teníamos una vía de escape, ya hacía horas que habíamos salido de puerto, la costa estaba demasiado lejos para ir a nado. Moriríamos de todos modos, optamos por avanzar hasta la Santabárbara, si teníamos que morir acabaríamos con ellos también así que nuestro objetivo era hacer explotar el barco. Ella me besó por última vez, el último roce de suaves labios contra los míos, no teníamos mucho tiempo hasta que descubriesen que no estábamos en los calabozos. Prendí la cerilla y el barco explotó.