Caminé hasta la borda y cogí una bocanada de aire, apestaba. El hedor envolvía la embarcación de proa a popa y también a sus tripulantes. Las chimeneas vomitaban la sombría humareda; me recordaban a mi padre en el salón de casa, envuelto de una nube grisácea mientras bebía ginebra, sentado en su deslucido sillón de madera completamente apolillado; un grito del patrón me devolvió al presente dejando atrás esas añoranzas , nunca regresaría a mi hogar y menos para oír las reprimendas de mi padre por haber abandonado la fortuna familiar, la fábrica, mi carrera y mis obligaciones por un puesto en la marina mercante. Mis padres nunca lo comprendieron, nunca entendieron mis ansias por conocer mundo. Aborrecía Londres y el esnobismo de la clase adinerada, siempre conversando de trivialidades que poco o nada me interesaban, como mi prometida Jane: una niña estúpida, pretenciosa, malcriada y completamente vacía. Rara vez expresaba su opinión sobre algo interesante, se limitaba a cotorrear; era realmente insufrible.
Cuando
el barco llegó a puerto todos los tripulantes corrieron a los
burdeles y tabernas más cercanos. Excepto yo. Estaba ya cansado de
las prostitutas, del vino, de todo. Encendí un cigarrillo mientras
observaba el puerto apoyado en una balaustrada de piedra.
Volví
la vista atrás, vi a una mujer alta; unos pantalones ceñían sus
largas piernas, una camisa de un blanco crudo, sometida por el
pantalón y desabrochada hasta el comienzo del pecho. Vestía también
una zamarra del mismo material que los pantalones, imaginé que era
cuero, aunque no pude asegurarlo con certeza y unas botas al estilo
de los mosqueteros. El viento ondeaba su larga melena rojiza,
mientras sus hipnóticos ojos verdes no apartaban la vista de mí y
sus labios carmesí mostraban un gesto serio, su pálida tez
contrastaba con el color de su pelo; en sus orejas colgaban varios
aros y en su cuello parecía adivinarse algo parecido a un tatuaje.
Me acerqué a ella.
-
Una dama tan bella como vos no debería pasear sola cerca de las
tascas de marineros indeseables.- Encendí un cigarrillo.
-
No le tengo miedo a esos hombres, manejo la espada como nadie, sé
disparar y luchar con agilidad y fuerza digna de cualquier hombre,
soy capitana de mi propio barco. ¿Tenéis un cigarrillo?- le tendí
uno amablemente. Sacó cerillas de un bolsillo interior de la zamarra
y lo encendió- ¿Tabaco inglés?- asentí- vos no sois un simple
marinero ¿verdad? ¿qué sois?- se apoyó en la balaustrada-
sus compañeros se encuentran en el burdel, junto con mis
subordinados ¿a usted no le interesan las mujeres, señor...?
-Smith-
le di una calada al cigarrillo- Mi nombre es Eric Smith. Pues no, no
me interesan ese tipo de mujeres.
-De
modo que sí le interesan otro tipo de mujeres- se burló- ¿Sois
inglés?
-Lo
soy, pero preferiría no hablar de mi pasado, si no os importa.
-Perdonad
la indiscrección- se quedó pensativa un instante- es inmenso,
increíblemente inmenso- giré la cabeza hacia ella, que miraba al
frente- el mar, es realmente un misterio. Como vos.
-¿Y
quién sois vos?
-Lilith
Carter-sonrió levemente- es un placer. Si me disculpáis, necesito
una copa.
-Os
acompaño, aunque creía haber renegado del alcohol.
-¿Creíais?
Una copa no va a mataros, Smith.
Entramos
en la posada, había un enorme estruendo. Las prostitutas exhibían
sus escotes a los camareros, o los conducían a sus aposentos.
-¡Una
botella de ron y dos vasos!- gritó la dama de cabellera rubí.
El
alcohol parecía desinhibirnos, hablábamos de nuestro pasado, el
porvenir... Parecía como si nos conociésemos de toda la vida.
-Me
extraña que no estéis comprometido, Eric- dió otro trago a su
vaso- sois un hombre muy guapo.
-Lo
estuve.No deberíais hacerle halagos a un hombre, podría tomárselo
como una proposición.
-¿Y
bien? Como si eso fuese realmente un problema.
-Como
ya os he contado, escapé de la opulencia londinense, de la que ella
forma parte. Sois demasiado osada para ser una mujer.
-Le
habéis roto el corazón a una dama, Smith, quizá merezcáis un
castigo. ¿Qué problema tenéis con las mujeres?
-Yo
no diría el corazón, solo sus plantes- dije antes de acabarme el
ron que quedaba en mi vaso- No tengo ningún problema con las
mujeres, pero vuestro comportamiento me fascina, señorita Carter.
-¿Solo
mi comportamiento?- soltó una risotada y bebió otro trago de ron.
-Bueno,
usted me fascina. Su comportamiento me escandaliza, pero podría
acostumbrarme.
-¿Acostumbrarse?
hace un rato usted me reprendía por mis insinuaciones, señor Smith.
-¿Le
desagradan mis insinuaciones, Lilith?
-¿Y
a usted las mías?- puso los codos sobre la mesa, entrelazó sus
manos y colocó su barbilla sobre estas.
-Si
me desagradasen no seguiría hablando con usted ¿no cree?
-Me
gustan sus ojos, Eric, grises. Bueno, me gusta usted en si mismo.
-¿Le
dice esto a todos los hombres que considera atractivos?
-Es
usted el primer hombre atractivo que veo en mucho tiempo, Eric. Creo
que el único mínimamente interesante- suspiró.
-Y
usted la primera mujer atrevidamente indecente y atractiva que no es
prostituta.
-¿Le
gustaría formar parte de mi tripulación? Si su interés es ver
mundo, no verá mucho más si sigue en la marina mercante.
-¿Me
quiere en su tripulación o en su alcoba, capitana Carter?
-Creo
que le está afectando el alcohol, Smith. Si le quisera entre mis
piernas ya estaríamos fornicando en una de las alcobas ¿no
cree? Y yo no tengo alcoba, no soy una dama, tengo camarote.
-Acepto
su proposición, señorita Carter.
-Zarparemos
mañana, señor Smith, será mejor que recoja sus pertenencias-cogí
mi macuto y lo cargué al hombro- y, Señor Smith...
-¿Si?-pregunté
arqueando una ceja.
-Lo
quiero en mi camarote- apoyó una mano en mi hombro y se acercó a mi
oído- ahora- susurró.
Me
guió hasta su navío, un galeón impresionante, sin duda. Nos
quedamos en la cubierta. Se sentó en una de las bancadas que se
disponían, mientras contemplaba el cielo.
-Es
hermoso, el cielo nocturno- sonrió.
-Usted
es preciosa, Lilith- se ruborizó ligeramente.
-No
oséis adular a vuestra capitana, Smith, podría mandaros al
calabozo.
-Sería
la primera vez que estoy en uno... por hacerle un cumplido a una
dama- contesté burlón- o a lo que quiera que se considere usted,
Capitana Carter.
-Así
que ha estado en un calabozo, Smith. ¿Qué hace el hijo de un rico
burgués para meterse en líos?- suspiré y sonreí.
-Peleas
de bar. Era un crío.
Se
puso de pie nuevamente, acercándose a mi. Hundí mi mano en su pelo
y acerqué sus labios a los míos y la besé. Su lengua se rozaba con
la mía, una y otra vez, enredándose, bailando, peleándose.
Me
guió hacia su camarote, lanzó la zamarra al suelo con violencia,
comenzó a desabrocharse la camisa blanca que escondía debajo un
precioso corsé, se quitó el cinturón, luego las botas y dejó que
los pantalones resbalasen por sus interminables y pálidas piernas.
Se acercó a mi y me tumbó en la cama mientras desabrochaba mi ropa
lentamente, me lamía, arrastraba sus labios por cada centímetro de
mi piel. Ella aún tenía la ropa interior puesta que no tardó mucho
en ser marginada en un rincón del amplio camarote. Mis labios
siguieron todas y cada una de sus perfectas curvas, besándolas,
acompañados de mis manos. Descendí desde sus caderas a su ingle y
de ahí a su sexo, con sus hábiles manos comenzó a desatar
mis vestiduras. Nuestros cuerpos se juntaron, ella gemía y clavaba
sus uñas en mi espalda. Se puso sobre mi y comenzó a besarme,
sentía sus senos contra mi pecho, podía escuchar el latido de su
corazón. Mis manos se enredaban en su pelo, de repente comenzó a
rozar mi cuello con sus labios y a darme pequeños mordiscos
intercalándolos armónicamente con besos. Me abracé a ella e hice
que rodásemos, quedando yo encima, puso sus manos sobre mi pecho y
las deslizó hacia mis hombros, me acercó a ella. Su nariz acarició
mi cuello, hasta llegar a mi oreja. Me susurró “tú, yo y el
diablo haremos tres”. Yo daba pequeñas y pausadas
embestidas, ella jadeaba y arqueaba sus piernas, sentía su sexo
palpitar contra el mío, lo notaba cada vez más húmedo. Ella
ahogaba gritos de placer que convertía en jadeos y suspiros.
-¡Eric!
¡ah, ah, ah!- gemía. Mis embestidas comenzaron a ser más
fuertes y rápidas, pero de vez en cuando disminuía ligeramente el
ritmo. Notaba como se retorcía, sus uñas se clavaban en mi espalda,
su espalda se arqueaba por momentos. Yo la besaba apasionada y
bruscamente, nuestras lenguas danzaban al compás de mis rápidas
arremetidas. Ella no podía más, soltó un grito enorme de placer,
pero no parecía suficiente, seguía apretándome contra su cuerpo.
Seguí hasta que no pude más, desplomándome sobre su cuerpo
desnudo. Conseguí apartarme hacia uno de los lados de la cama,
quedándome profundamente dormido.
Cuando
me desperté la vi a mi lado completamente desnuda, su carmín estaba
por todo mi cuerpo y mi espalda estaba llena de marcas.
Al
salir a cubierta un motín nos esperaba. Los tripulantes estaban a
punto de hacerse con el barco. Ella los enfrentó furiosa, desenvainó
su sable contra el que parecía ser el líder de los traidores, este
vociferó algo como "tienes que respetar el código. Aunque sólo
eres una mujer ¿qué podemos esperar de una mujer?" ella le
asestó un duro golpe al insolente marinero haciendo que cayese a
plomo mientras la espada apuntaba directamente a la yugular del
conspirador.
-¡Este
es mi barco! ¡Nigún patán como tú estará al mando de mi navío
mientras yo viva!-amenazó haciendo un ligero corte con la punta de
la espada.
-Pues
no vivirás para gobernarlo-rió él-Luchemos por la posesión del
bajel- Ella le proporcionó un arma para poder batirse en duelo
justamente. Yo me puse en guardia, para evitar que alguno la atacase
por la espalda o tratase de desequilibrar la lucha, pero no sirvió
de nada, el resto de los amotinados se lanzaron contra la capitana y
contra mi.
Luchamos
en desigualdad durante largo tiempo, mientras pudimos resistir, pero
eran de muchos y nosotros solo dos. No tardaron mucho tiempo en
reducirnos aunque conseguimos escabullirnos y seguir luchando. El
cansancio iba haciendo mella en nuestro ánimo y nuestra resistencia
decaía rápidamente. Nuestra sangre manaba de diversas heridas y la
pérdida de sangre nos debilitaba cada vez más hasta desplomarnos
sobre la cubierta. Nos hicieron prisioneros y nos llevaron a los
calabozos. Nos encerraron y se fueron a cubierta a celebrar su
victoria, despreocupándose de los prisioneros. Ella guardaba un
cuchillo en su bota que sirvió para desmontar los pasadores de las
bisagras. Estábamos débiles y no podíamos enfrentarnos a ellos de
nuevo, nos había costado un enorme esfuerzo apartar la puerta.
Tampoco teníamos una vía de escape, ya hacía horas que habíamos
salido de puerto, la costa estaba demasiado lejos para ir a nado.
Moriríamos de todos modos, optamos por avanzar hasta la
Santabárbara, si teníamos que morir acabaríamos con ellos también
así que nuestro objetivo era hacer explotar el barco. Ella me besó
por última vez, el último roce de suaves labios contra los míos,
no teníamos mucho tiempo hasta que descubriesen que no estábamos en
los calabozos. Prendí la cerilla y el barco explotó.